TRIBUS DIGITALES

No lo ves, pero ahí están. A metros de ti, quizá sentados en la banca del parque, afuera de la prepa, en la fila del tianguis o recargados en una moto apagada. Cabeza agachada, pulgares veloces, audífonos baratos.

Un segundo escuchas el ruido de un camión; al siguiente, escuchas el “¡Enemigo a la vista!” filtrado desde su pantalla. En su mundo, no están en la banqueta: están en Bermuda, en Purgatorio, en Alpine. Están corriendo, sobreviviendo, subiendo de rango. Es la tribu Free Fire. La que se encuentra en cualquier esquina del país. La que no tiene consola, pero sí un teléfono que aguanta la balacera virtual. La que aprendió que, aunque tu vida real tenga lag, la partida puede ser perfecta.

Caminas unos pasos y cambias de territorio. Entras a una plaza pública, pero también entras —sin querer— al universo donde los avatares bailan, los mundos se construyen a capricho y la creatividad es ley: la tribu Roblox. Aquí la gente no se esconde: se inventa. Son arquitectos, DJs, diseñadores, vendedores de ropa digital. Habitan microciudades hechas con bloques que parecen juguetes, pero que laten como metrópolis reales.

Luego están los del “pixel viejito”, los que se juntan en parques o cafeterías cutres con el mismo ritual: pantalla verde, árboles cuadrados, ovejas idiotizadas. La tribu Minecraft. Son los que construyen refugios cuando afuera llueve, pero también cuando la vida pesa. Juegan a cultivar tierra, pero en el fondo están sembrando paciencia. Viven lento a propósito.

Y no puedes olvidar a los nómadas del caos: los de Fortnite. Los que brincan entre clases, TikToks y tormentas digitales. Los que hacen del baile una firma, del skin una bandera y del tiro perfecto una medalla invisible. Son tribus ruidosas: existiendo entre memes, colores fosforescentes y partidas que duran lo que un café mal servido.

Cada tribu tiene su vibra, su ley, su humildad, su delirio. Pero todas comparten algo: encontraron en el celular un barrio que nunca se acaba. Un barrio que no necesita permisos, ni placas, ni banquetas derechas. Un barrio donde cada quien cabe.

Y nosotros —los que ya estamos más grandes, los que crecimos con cables y controles— a veces volteamos a verlos como si estuvieran “en otra cosa”. Pero, la neta: esa otra cosa es su forma de estar juntos. De pertenecer. De sobrevivir a un país duro, ofreciéndose pequeños mundos donde mandan ellos.

No son “chavitos pegados al celular”.
Son ciudadanos de microuniversos que corren a 60 fps.
Son tribus.
Y cada una tiene un barrio —aunque sea digital— donde se sienten en casa.

No son chavitos pegados al celular: son ciudadanos de microuniversos
Alberto Palomera