RENTA o COME.

Juan vivía en Vallarta San Jorge. Pagaba $12,000 por una casa y la dividía con dos amigos: $4,000 cada uno. Un día llegó el aviso: “la casa se va para Airbnb”. Y se acabó. (Testimonio de Juan, nombre cambiado a petición.)

Isaac Guzmán
Spoiler: si hoy tu renta te expulsó, no fue “mala suerte”. Fue negocio.
Pagaban $12,000 por una casa en Vallarta San Jorge. Tres amigos. $4,000 cada quien. Estaba resuelto: techo, barrio, ruta, vida..

Con esos mismos $12,000, buscaron algo parecido en la zona. No hubo. Lo único “similar” apareció lejos: Jardines del Vergel, en la periferia. El presupuesto no cambió. La ciudad sí: ahora el mismo dinero compra menos ubicación.

Lo que le pasó a Juan no prueba todo. Pero sí abre la pregunta correcta: ¿contra quién compites cuando buscas renta en Guadalajara? Porque cada vez se siente menos como “mercado de vivienda” y más como “mercado de alojamiento”.

Un dato para aterrizar: el Instituto de Información Estadística y Geográfica de Jalisco (IIEG) ha difundido —vía Gobierno de Jalisco— que la renta mensual promedio de viviendas ofertadas en el Área Metropolitana ronda los $24,974.

Ponlo al lado del salario mínimo. La CONASAMI publicó los mínimos vigentes desde el 1 de enero de 2026: $315.04 diarios (zona general). Si llevas ese monto a “mensual” como referencia (315.04×365/12 ≈ 9,582), la renta promedio te queda cerca de 2.6 salarios mínimos. No es moralina. Es aritmética.

Ahora, el motor: renta de corta estancia. En Guadalajara, ya no es teoría. ITESO documentó (con cruce de datos y técnicas de recolección) que más de 17% de las viviendas completas en la colonia Americana se usan como Airbnb; en Zona Centro el indicador que reportan es 7%.

La Universidad de Guadalajara en una investigación sobre Airbnb y el Mundial, cita un mapeo académico que ubica 11,345 viviendas Airbnb en la ZMG, y da cifras por colonia: Centro 847 y Americana 665, entre otras.

Traducción: si buscas en Americana o Centro, no solo peleas contra otros inquilinos. Peleas contra un modelo que gana más por noche que por mes. Y cuando ese modelo entra a una casa, la casa deja de ser una vivienda: se vuelve un activo.

Por eso el golpe se siente en cadena. Juan no se fue “porque quiso”. Se fue porque alguien vio más rentable a un turista que a tres roomies. Y esa decisión privada termina empujando decisiones públicas: más distancia, más tráfico, más gasto, menos vida.

Pero el cuento ya no es “solo Americana”. Es el “derrame”: cuando el centro se encarece, la presión se mueve y afecta al resto de las colonias. Hoy, Las Águilas vive el mismo modelo. Hoy mucha gente busca “algo decente” con presupuesto medio… y ese presupuesto se queda corto si buscas algo céntrico.

Juan lo resume sin academicismos: “En la colonia, antes veías rentas de 9–12. Hoy ves 18–25, pero para esas rentas, no nos alcanza”.

Con esos mismos $12,000 sí encontraron algo parecido… pero lejos: Jardines del Vergel, en la periferia. La renta no subió. La vida se encareció. Antes, Juan hacía 30 minutos en transporte público al Centro de Guadalajara. Hoy hace 90.

No es un cambio de domicilio. Es un cambio de jornada. Es una hora extra de ida y otra de regreso, robada todos los días. La renta ya no te cobra solo dinero: te cobra tiempo.

Y mientras tanto, los edificios crecieron “como hongos”: torres nuevas, más de 12 pisos, departamentos por todos lados.

Pero el milagro de “$12,000 al mes” no apareció. Ni en casas viejas. Ni en torres nuevas. Como si la ciudad estuviera construyendo para alguien… y tú no fueras ese alguien.

Si la renta se comió tu sueldo, no es porque “la ciudad está de moda”. Es porque alguien está cobrando por noche lo que tú juntas por mes. Y la autoridad lo está permitiendo.

Y lo peor: cuando por fin encuentras dónde caer… ya no regresas a tu barrio.

QUE NO NOS ACOSTUMBREN

Durante años nos hicieron creer que “así está la ciudad”: rentas imposibles, sueldos cortos y mudanzas forzadas cada contrato. No es mala suerte individual, es una forma de expulsar silenciosamente a quienes no pueden pagar.

Cada aviso de “se renta” es una pregunta incómoda: ¿quién puede quedarse y quién tiene que irse? Detrás del precio hay horas extra, rutas más largas, familias partidas y planes de vida puestos en pausa indefinida.

No podemos cambiar la ciudad solos, pero sí podemos dejar de normalizar que vivir sea un lujo. Hablarlo, documentarlo, exigir reglas claras y contar estas historias es el primer paso para que la renta deje de tragarse la vida.

Sigamos la conversación